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“Let’s surf on the horizon To the moon were the world will look much clearer to me…”

| hAbLeMos De LiTeRatUra | Julio Cortázar marzo 19, 2008

Por Kvelda

Julio Cortázar

Saludos, desde este pueblo donde incluso las aceras sudan y los gobiernos crean albercas playeras en colonias antes inundadas. Ahora me toca a mí, después de algunos días y después de esa pequeña cucharada de música indie presentada por Lluvia. Pues bien, ahora platicaremos de una idea, de un puño de letras que se convierten en conejos y relojes. Esta noche hablaremos del chispeante Julio y sus cuentos.

Iniciemos como él jamás lo haría: con un érase una vez, que un belga entre cronopios y tus ojos vueltos al soñar, presentaba pequeñas letras-polillas que, como Severo, juguetean con tu rostro cuando se enciende la luz. Érase una vez, un escritor que te da instrucciones para llorar, para darle cuerda al reloj, para subir una escalera. Y se hizo Cortázar.

Pon PLAY y escucha “Preambulo de las instrucciones para dar cuerda al reloj” recitado a viva voz por Julio Cortázar (París, diciembre de 1966)

Vamos. Imagina un cuento, dos, tres. Imagina un hombre que vomita conejitos, y otro que reúne a su familia para verlo sudar, saltar, llenarse el rostro de polillas y mencionar números aleatoriamente. Piensa en un hombre que, enfermo de cáncer, sólo piensa en la tranquilidad que su esposa encontrará con su mejor amigo.¿Tienes ya en tu cabeza la imagen de una casa por cuyos cuartos merodea un tigre? Entonces estamos listos.

cuello de gatito negro

El estilo cuentístico de Julio es tan particular, tan limpio y confuso, tan íntimo y tan público. Su obra se caracteriza por replantear la importancia de los ritos y los juegos en las relaciones humanas (con “Manuscrito hallado en un bolsillo” como el mejor ejemplo), un ocasional humor casi dramático (Carta a una señorita en Paris, Las Fases de Severo), los finales que son todo menos eso (donde Julio le deja al lector la idea de lo que puede o no suceder, para que el lector explore hacia sí mismo) y lo más notorio, la creación de un mundo fantástico en cada texto.

Sostengo que lo más complicado de sus cuentos es el inicio, el mundo de cada uno es tan diferente, tan propio y los personajes, tan maravillosamente definidos: un hermano juguetón y acomplejado que saca a pasear a lo que parece ser su hermano (Después del almuerzo), a una amiga imaginaria, tierna y fugaz, de un grupo de pequeños niños de la cual Julio se enamora (Silvia) o el inocente y aterrado Boby, niño de los sueños hirvientes (En nombre de Boby).

Ahora, ¿se me permite hacer un alto-final para comentar? Gracias: Yo lo conocí cuando mi padre me habló acerca de una ligera historia voladora sobre un hombre que vomitaba conejitos. Pensé -“¡qué contradicción más fabulosa! cómo puede un acto predominantemente grotesco ser convertido en el cálido y peludito nacimiento de un roedor saltarín confundido?”. Entonces, encuentro la historia de ese departamento bonaerense de la calle Suipacha, a donde llega este individuo sin nombre para cuidar el cenicero y las bandejas de té de la señorita Andrée: Justo entre el primero y segundo piso (del ascensor) sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, Andrée(…) pero uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito”.

Contemplemos, el proceso: “Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. (…) El conejito parece satisfecho de haber nacido”. Y el otro conejito, el fotógrafo, está feliz de haber tenido el honor de leertelo para que soñaras con nuestras sonrisas ! te quiero, chiquita!

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“Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris…”

Julio Cortázar, en “Carta a una señorita en París”
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