
Meses después de haber vivido eso, soñé esto.
La ciudad de la luz azul
(versión didáctica)
Hoy soñé que la ciudad se inundaba. No sólo eso. Por algún capricho onírico, la ciudad se inundaba y quedaba bajo el agua. Cubierta por una cantidad obscena de agua. No sólo eso. Bajo alguna incoherencia fantástica, podíamos respirar y caminar (aunque con cierta dificultad) bajo el agua, todo se sentía como dentro de un frágil, tímido domo azul. La regla física que se manejaba como explicativa era que se había creado un vacío, como si la esperanza fuera un cuenco de vidrio y la ciudad una servilleta arrugada. Pues bien, el resultado de la Gran Inundación era un pueblo sucio, unos caminillos de calles cubiertas por una sola y gran luz azulosa, que pesada como el lodo en nuestras ropas. La ciudad tenía ese único olor a moho, a agua pudriéndose en sus propios charcos. Podías sentir el sabor del papel negro mientras caminabas por tu casa vuelta del revés.
Pues bien, yo que ya estaba a salvo en las partes altas de la ciudad, tenía que regresar allí abajo, a la ciudad azul. Me acerqué con un amigo al borde del río, donde unos sistemas de poleas estratégicamente colocados -algunos gubernamentales y otros civiles- te bajaban (por debajo del agua) con toda seguridad al cadáver de la ciudad. Era extraño lo primitivos que eran. Mi misión era regresar, a ayudar a mi familia que se había quedado limpiando y rescatando lo último importante/impermeable de nuestra vida objeto. El camino no era difícil, sólo caías por encima de la calle. Entrabamos a mi casa por la misma puerta por la que en la vida real salimos por última vez. Ahí estaba mi madre, mi padre levantando escombros, revisando objetos, con una bolsa de plástico a la mano. Algo nos decía que si bien las cosas ya estaban tranquilas, el sentido de indeterminabilidad nos presumía su terca amenaza. En cualquier momento, la tensa tensión superficial del domo se rompería, se volvería sobre sí mismo. Ahora, todo estaba en la semioscuridad, sólo esa luz azulosa que se escabullía en todos los rincones, a través de este aire que no es aire. Me iba enterando que, en las calles, vándalos o no, había gente -padres de familia- que pintaban las paredes, encima de los mensajes gubernamentales de apoyo, y se les pagaba por eso. Eran tiempos difíciles.
-Intermedio: Un gobernante hacía un pequeño recorrido por las calles enlodadas, con un séquito de tres personas. Un temeroso vecino encendía un foco que se convertía en la luz de toda una cuadra. El foco despertaba, se desperezaba y aletargado, gritaba; otros no sobrevivían. En la casa, algunos nos saludaron y sonrieron con esa delgada sonrisa amarilla. Fin del intermedio-
Mi amigo empezaba con una retahila sofista de razones por las cuáles no debería regresar a la superficie. Las razones por las cuáles debería de quedarse ahí en la cocina (o el cuarto con tablas de cerámica), hasta que el aire cambiara de materia y se acordara que era agua. Mi amigo intentaba convencerme de las razones por las cuáles debería de morir ahogado en mi cocina. Yo sólo alcanzaba a decir -”¿es que acaso no te das cuenta los problemas en que nos metes a mí y a mi familia si tu cuerpo se queda aquí? ¿tan egoísta eres?”. Aterrado, salía al patio y veía a mi abuela sentada en una silla. Ella me decía que estaba lista para regresar a la superficie, se levantaba pero se daba cuenta que, por el contrario, se sentía demasiado adolorida para realizar el viaje de nuevo y se sentaba en su mecedora sin cojín. Yo le comentaba acerca de mi amigo suicida y ella eventualmente regresaba al interior de la casa, con la esperanza de que hablara con él.
Y llegó la tormenta. El cielo (más alto que lo normal) se oscureció de golpe y, dentro de las reglas físicas de mi sueño, algunos rayos, muchos rayos, un enjambre eléctrico de vísceras de nubes, volaban juguetonamente. La gente contemplaba asombrada. Yo contemplaba asombrado. Y como después de la herida, viene el líquido, llegó la lluvia.
Yo en el patio, salía a la calle con las gotas de agua lamiéndome la cara. No dejaba de ver al cielo. Bajé la vista y veía a todos mis vecinos en la calle, recibiendo a su vez estas gotas de agua. Era la segunda vez en mi vida que había visto a tanta gente en la calle, bajo la lluvia. Dentro de mí, sabía que esta lluvia era mala, que era un aviso contranatura de que era el momento perfecto para escapar de ahí, como si ahora el cielo de agua se volviera sobre sí mismo. Incluso le pregunté a mi madre si ya no estábamos bajo el agua, teniendo un “vámonos ya” como respuesta, ellos estaban saliendo ya de mi casa. Mi familia, me refiero. Como es costumbre, me pedían que regresara por la vídeo (y algún otro ocio electrónico sin importancia, que no recuerdo; en la vida real me mandaron por la plancha).
La gente, en un doloroso segundo éxodo, caminaba con sus bolsas de ropa en la espalda. Mi familia se alejaba por la calle, con unas bolsas de compra. Los gobernantes regresaban a la superficie en su polea mecanizada, con soporte lumbar y recubiertas totalmente de cuero de idem (esto último no lo soñé, pero creo que funciona). Yo regresaba a la casa, que seguía oliendo a paredes podridas y papel negro, la vídeo no la encontraba, y en su lugar tomaba unos billetes del mueble de la tele. Al salir, me encontr
aba con mis dos gatos blancos, a los cuales, tristemente, tuve que dejar ahí.
Te amo, esto, eso, no lo hubiera superado sin ti, de verdad. Lograste que lo mejor de mí se mantuviera ahí y que me levantara del lodo, tomando tu mano. Realmente me salvaste, realmente me diste una nueva vida.
“Finalmente, te das cuenta de que lo realmente importante es impermeable”.
Mi subconsciente.






la orilla del río, con nuestros objetos a la mano y con los ojos vendados. Hasta que estuviéramos listos. En mi caso lo supe cuando escuchaba cada cambio, cada golpeteo del río con las piedras. 

















